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Historia de una nueva vida

Es martes y sobre las 2:30 de la madrugada estamos mis compañeros y yo montando una trasera de camión y para eso, como es normal, hay que mover un montón de planchas de metal. Una en especial parecía tener mi nombre y aunque podría pesar unos 90 kg fui hacia ella y me agaché como hacía demasiado a menudo y comencé a levantarla yo solo. ¿Por qué lo hacía aunque mis compañeros me decían que no lo hiciese? Lo único que se me ocurre es que con 23 años uno piensa que es INVENCIBLE, que si puedo levantarla por qué no hacerlo… ¿qué me puede pasar? Estoy bien fuerte y LAS COSAS LES PASAN A OTROS. 

Probablemente no vuelva a andar.

Ahí, en ese momento, acaba mi vida tal como la conocía. Me operan dos veces de urgencia prácticamente seguidas, porque me explican que la presión generada por levantar tanto peso de forma incorrecta me ha producido multitud de hernias discales y alguna que otra fisura en alguna vértebra. Me dicen que aún tendrán que volver a intervenir una tercera vez. Después de esa tercera intervención, se cumplen los pronósticos, ya que el edema producido ha dejado como secuela una lesión medular. Me dice el cirujano, con toda la delicadeza que creo que puede tener en ese momento, que probablemente no vuelva a andar.

Se me cae el mundo encima, no me lo creo, y aunque siempre he tenido una mente muy abierta, NO ME LO CREO. Ya no podré volver a trabajar, ya no podré volver a montar en bici, ya no podré volver a montar en moto… Mi pareja “estable” me deja. Otro hachazo. ¿¿¿Qué voy a hacer??? 

El médico me explica cuál sería el plan de trabajo para conseguir que me valga por mí mismo y me dice que, al final, haré una vida normal.

El cirujano me habla del Institut Guttmann. Creo que he pasado por delante como un millón de veces, pero seguramente ni me he parado a pensar qué se cuece allí dentro. Ya me ha pedido hora para una primera visita. 
Cuando llego a Guttmann me parece que ese millón de veces que había pasado por delante, quedan pulverizadas. Yo nunca he estado en esta parte del mundo. Me hacen entrar en la consulta y el médico que me atiende está detrás de la mesa; se presenta como el Dr. Guevara y empieza a leer el informe que le han enviado. Me dice que me acerque a la camilla y que intente pasarme (¿¿¿pasarme???). Yo me acerco dándole a la silla como puedo, porque aún llevo un corsé que me llega por encima del pecho y, al darme la vuelta, veo que el que será mi médico va en silla de ruedas (pienso “buá, si un médico no se ha curado, voy listo”). Junto con la enfermera me ayudan a estirarme en la camilla, no sin mil gemidos y un dolor atroz. 

Después del examen, me confirma el diagnóstico y dice que aún tiene que bajar la inflamación y que hasta entonces no sabré cuáles serán las secuelas definitivas, pero que me vaya olvidando de andar; casi podría decir que son sus palabras exactas. Al final incluso le cojo cariño por su forma de ser y por no adornar ninguna de sus respuestas a mis preguntas. 

Él me explica cuál sería el plan de trabajo para conseguir que me valga por mí mismo y me dice que, al final, haré una vida normal, ¡¡¡NORMAL, Ya!!!! Incluso me dice que lo llegaré a superar. Y pienso que he perdido mucho como para llegar a superarlo. 

Una de las cosas que más me ronda por la cabeza era, QUIÉN SE VA A FIJAR EN MÍ, nunca volveré a tener una pareja…

Llega el primer día en el que comenzaré a dar forma al resto de mi vida, en el Institut Guttmann. Este primer día es horrible, pero pasa por mi lado un profesional que, al verme abatido, me dice, dándome un pequeño empujón, que al final lo acabaré superando y volveré a reírme. Con el paso de los días empiezo a pensar que igual sí que tiene razón. 

El trabajo es duro, todo me cuesta un esfuerzo brutal. Toda aquella fuerza que tenía antes había desaparecido y aún llevo aquel enorme corsé que me molesta para todo. Lo que más me gusta del trabajo semanal son las sesiones de deporte. No llevo la mejor de las sillas, al igual que todos los novatos, pero me lo paso genial. Tiro con arco, natación, atletismo, handbike, balonmano y muchos más deportes que yo pensaba que estaban vetados a las personas que van en silla de ruedas y que estoy viendo que puedo hacer. Pero hay uno en especial que me llama la atención por encima del resto: el básquet.

Me dan el alta y me dicen que el equipo de básquet de Guttmann, el Barça, me quiere hacer una prueba para ficharme, ¿a mí? Si ese equipo está en lo más alto… Voy a Can Dragó, y puede sonar muy cursi pero al entrar veo en recepción a una chica que me deja pasmado. Tanto que hasta el amigo con el que voy, me dice que se me ha notado un montón. Pero volvió a mi cabeza lo de siempre: “¿quién va a querer estar conmigo?”. La prueba se me da muy bien y aunque quieren contar conmigo, por cosas que no vienen a cuento acabo en las filas del segundo mejor equipo de Cataluña, que en aquellos tiempos es el Juventud de Badalona. El baloncesto se me da bastante bien y me llena muchísimo. Pero aún tengo tiempo de practicar otro deporte de forma amateur, el atletismo (lanzamiento de jabalina, disco y peso). Quedo campeón de Cataluña y España en mi primer año, y lo sigo siendo durante tres años más, hasta que me recomiendan que lo deje. No imagináis quién… ¿Recordáis aquella chica que me dejó como tonto al verla? Salimos a tomar un café solo como amigos, os lo aseguro. Pero al final encajamos y, sin dejar de ser amigos, empezamos a ser mucho más. El entrenador del Barça de básquet en silla  me propuso ficharme y no me lo pensé. Me dijo, eso sí, que tenía que dejar el atletismo, y tampoco me lo pensé. ¡Volvía a casa! ¡Al Barça y, sobre todo, a Guttmann!


He hecho deporte de alto nivel, he viajado por toda España durante seis años y lo mejor, estoy casado con la que es la mejor persona del mundo y que no ha dejado de ser mi amiga. Qué equivocado estaba. No era un inútil. No solo he conseguido tener una vida normal, no solo lo he superado, sino que he superado mis propias expectativas. Mi preciosa niña tiene ya ocho años, muchos en Guttmann la conocen desde que era un bebé. La han visto crecer y me han visto crecer.